Zapater: el viaje de un líder que cruzó el océano por amor al futbol
En una época en la que muchos futbolistas se desvanecen con la brisa del retiro, Alberto Zapater eligió desafiar el tiempo. Y no lo hizo en silencio, desde un rincón cómodo en su natal España. Lo hizo a miles de kilómetros de casa, en un país nuevo, en una liga emergente, con el pecho hinchado de orgullo y la mirada fija en seguir compitiendo. Hoy, el capitán del Atlético Ottawa no sólo representa a un club: representa una forma de entender el futbol como entrega, como pasión, como legado.
Pero para entender lo que significa Zapater en la capital canadiense, primero hay que viajar atrás, muy atrás.
El chico de Ejea que conquistó La Romareda
Nacido en Ejea de los Caballeros, un pequeño municipio Aragonés, Alberto Zapater fue criado entre valores sencillos: esfuerzo, humildad, compromiso. No tardó en hacer ruido en las categorías inferiores del Real Zaragoza, el club que lo marcaría para siempre. En 2004, con sólo 19 años, debutó en la élite y no tardó en hacerse notar. Tenía temple, carácter, una fiereza para robar balones y un alma noble que conectaba con la grada.
En poco tiempo se convirtió en símbolo. ‘El León de Ejea’, le llamaban. No porque rugiera, sino porque nunca se rendía. Su nombre ya era leyenda cuando aún no alcanzaba los 25.
Una travesía por Europa
Cuando el Real Zaragoza descendió, Zapater no bajó los brazos. Su calidad lo llevó al extranjero, y con ella empezó una travesía que templaría aún más su espíritu. En Italia, defendió la camiseta del Genoa, donde su futbol encontró nuevos matices: más pausa, más precisión. Allí, en la Serie A demostró que también podía brillar entre los gigantes.
Después vino el Sporting Lisboa, uno de los grandes de Portugal. Allí no sólo se encontró con otro estilo de juego, más técnico, más vertical, sino también con la exigencia de un público que valora la inteligencia táctica tanto como el corazón. Y si algo tenía Zapater, era ambas cosas.
Pero su camino no terminó ahí. Aún le faltaba conquistar otro territorio. En Rusia, jugó para el Lokomotiv de Moscú, adaptándose al frío, al idioma y a una cultura radicalmente distinta, siempre con la misma constancia: ser ejemplo dentro y fuera del campo. El futbol lo había llevado lejos pero su esencia no había cambiado.
El regreso del hijo pródigo
En 2016, el Real Zaragoza abrió las puertas y Zapater volvió como si nunca se hubiera ido. Lo hizo en silencio, sin exigencias, como quien regresa al hogar con las maletas llenas de experiencias y el alma intacta. Durante casi una década más, defendió los colores del club de su vida. Se convirtió en referente, en capitán, en ídolo. Jugó más de 400 partidos con la elástica blanquilla. Pero el sueño del ascenso a Primera nunca se concretó.
Aún así, su legado estaba sellado. Cuando en 2023 anunció su salida definitiva del Zaragoza, muchos pensaron que colgaría las botas. Que ya era tiempo. Que lo había dado todo. Se equivocaron.
Capítulo final…o quizá no: Canadá
Cuando el Atlético Ottawa anunció su fichaje, muchos lo vieron como un movimiento testimonial. Un jugador veterano que venía a aportar experiencia y poco más. Pero Zapater sorprendió. Porque llegó a competir. A marcar diferencia. A enseñar con el cuerpo, con la voz en la mirada. A contagiar profesionalismo.
En la Canadian Premier League, donde reina la juventud, Zapater impone respeto. Su ritmo, quizás más pausado, se compensa con una lectura de juego brillante. Su inteligencia posiciona al equipo. Su liderazgo ordena. Y cuando no está en el campo, su voz se escucha desde el banquillo como un metrónomo que guía y alienta.
Zapater ha sido un puente entre generaciones, entre culturas, entre formas de entender el juego. Se ha convertido en un embajador del futbol europeo en suelo canadiense, y al mismo tiempo, en un símbolo del Atlético Ottawa. Con él, el club ha ganado más que un jugador: ha ganado un referente humano.
Más allá del campo: la fuerza detrás del capitán
Detrás de cada paso, de cada decisión, de cada mudanza que ha marcado su carrera, estuvo su familia. Especialmente su esposa, compañera de vida, confidente y sostén emocional en los momentos más difíciles. No fue fácil dejar Zaragoza, su hogar eterno. Tampoco lo fue adaptarse a nuevas culturas, idiomas y climas. Pero Zapater nunca estuvo solo.
Ella ha sido su brújula, su ancla y su impulso. En la intimidad del hogar, en esas charlas donde se deciden los próximos destinos o se curan las heridas del alma, su voz ha sido esencial. La familia no aparece en las estadísticas, pero sin ella, muchas carreras no tendrían sentido, y la de Zapater es ejemplo vivo.
El alma del capitán
Hoy, con cuatro décadas vividas, y una carrera que cualquier joven desearía tener, Alberto Zapater sigue escribiendo capítulos. No juega para la fama, no juega para el contrato millonario. Juega por amor al futbol. Por respeto a la profesión. Por esa chispa que aún arde dentro de su pecho.
Y la afición de Ottawa lo sabe. Por eso lo aplaude, por eso lo admira. Porque no todos los días se tiene en el equipo a un futbolista que no vino a colgar los botines, sino a dignificarlos.
Mientras Zapater esté sobre el césped, habrá una historia que contar. Y mientras el 21 esté sobre su espalda, el corazón rojiblanco seguirá latiendo con fuerza en cada rincón del TD Place.